Lo mejor de sexo El Detective Cornudo (Parte 2) (SEX)

Lo mejor de sexo


Estaba claro que a una mujer tan hermosa como la mía no la iban a perdonar una pandilla de cerdos como aquellos

***********************************************************************

Desde que mi mujer, una semana atrás, consiguió el trabajo de secretaria en la agencia de detectives donde yo trabajo, su carácter había cambiado bastante. Se mostraba muy contenta y entusiasmada y la ilusión se dibujaba en su rostro cada mañana cuando tomábamos el metro para ir juntos a la oficina. Pero si el jefe se dirigía a ella por cualquier motivo, se sobresaltaba al instante y una sombra de temor se reflejaba en sus ojos.

Entre nosotros no hablábamos para nada de lo sucedido en la entrevista en la que don Alfonso aprobó su contratación, como si existiera un pacto tácito que nos obligaba a no remover aquello, pero los dos sabíamos que una puerta nueva y desconocida se había abierto en nuestra relación de pareja desde aquel día.

Porque era innegable que ella, a pesar de las vejaciones y el maltrato sufrido en sus carnes, en el fondo había disfrutado como una mona, y el hecho de que don Alfonso se la follara a conciencia, sabiendo ella que yo estaba allí, detrás de la puerta, mirando como un espectador pasivo y consentidor, le había proporcionado un orgasmo tan intenso y placentero como nunca antes la había visto gozar, aunque ahora pareciera a veces sentirse aterrorizada pensando que el abuso pudiera repetirse cualquier día.

Por mi parte, también era incuestionable que había disfrutado con aquel espectáculo denigrante y pornográfico, viendo como mi esposa era obligada a bajarse las bragas delante del jefe, magreada, vejada y penetrada por el coño a manos de un canijo petimetre al que yo le sacaba dos cabezas, sin hacer nada por ayudarla y que me había corrido de gusto cuando vi cómo el semen de aquel enano hijoputa corría por los morenos muslos de mi mujercita.

Desde ese día, como el archivo estaba junto a su puesto de secretaria, yo procuraba en todo momento tenerla vigilada desde mi mesa, porque mi nuevo y pomposo título de jefe del archivo, conseguido gracias a la entrepierna de mi mujer, me permitía total libertad de movimientos y no tenía que rendir cuentas nada más que ante don Alfonso, y por eso tenía tiempo de sobra para ver cómo a diario Begoña sufría en silencio las sonrisitas de conejo de los compañeros, las miraditas sin disimulo a su culo y a sus tetas y los cuchicheos y codazos de las compañeras cuando se cruzaban con ella, porque estaba claro que en una agencia de detectives todo se acaba sabiendo.

– Hola, buenos días, queríamos hablar con el señor Pinillos ¿se encuentra en su despacho?

– ¿Don Alfonso? Si, enseguida les anuncio ¿Me permiten sus nombres, por favor?

– Por supuesto, señorita, este caballero es don Hans Frenken y yo soy Francisco Espadas, los socios capitalistas de la agencia y usted es Begoña, la secretaria ¿verdad? ya nos ha comentado don Alfonso lo cooperativa y amable que es usted cuando nos envió el video de su entrevista de trabajo

Begoña enrojeció en ese momento, con la cara desencajada, como si en vez de saludarla gentilmente le hubieran dado una bofetada, y se le cayó el lápiz que tenía en la mano cuando, con paso vacilante y nervioso, los condujo por el pasillo hasta la puerta del despacho para anunciarlos al jefe. Luego hizo ademán de retirarse inmediatamente a su puesto de trabajo, pero los recién llegados insistieron en que pasara con ellos, sobre todo el alemán.

No perdí ni un segundo y salté como un resorte de mi puesto en el archivo para intentar saber lo que se cocía allí dentro, por lo que al llegar junto a la puerta pegué la oreja a la madera mientras buscaba una rendija por la que atisbar lo que hacían allí reunidos, aunque era bien poco lo que podía hacer y me vi obligado a arriesgarme repitiendo el truco de entreabrir la puerta para observar sin ser visto.

Los dueños de la agencia, a los yo que no conocía ni de vista, eran dos hombres bastante mayores, trajeados y de aspecto tan atildado como don Alfonso, pero a diferencia de este, se les veía atléticos y en buena forma, con el lustre típico del bronceado de yate y de club de tenis. Sobre todo el alemán, que era gordo y muy alto en comparación al otro, enjuto y de estatura mediana.

El jefe, tras su escritorio, charlaba con los socios que estaban tranquilamente sentados en los dos sillones que había frente a él, mientras que Begoña, cabizbaja y con una libreta y un bolígrafo, parecía tomar notas de la conversación, instalada en una silla junto a la mesa de don Alfonso.

Honradamente tengo que decir que esos momentos pensé que mi mujer era una calientapollas de marca mayor, y lo siento mucho si ella llega a leer este relato y se enfada conmigo, porque la verdad es que con la faldita negra de punto y la blusa blanca sin mangas que llevaba aquel día, una mujer no se puede sentar de esa manera frente a dos hombres de mediana edad sin pensar en las consecuencias.

Hasta yo me empalmé al ver aquellos muslos imponentes, cruzado uno sobre el otro, gordos y lustrosos, descubiertos casi en su totalidad hasta las cachas del culo, y aquellas tetas majestuosas, oprimidas por la camisa de algodón, con el dibujo de la blonda del sujetador perfectamente visible a través de la fina tela blanca…..¡Madre mía! No puedo culparlos de nada de lo que pasó después, ni a ellos ni al jefe, porque yo hubiera hecho lo mismo: aprovecharme de aquel bombón de mujer.

– A ver, Begoña, les he enviado a los jefes la grabación de la entrevista que te hice el otro día, porque quería recomendarte expresamente para un asunto muy especial que necesita de la colaboración de una mujer que sea persona de confianza, y tanto Hans como Paco han quedado verdaderamente impresionados por tu??potencial y por tu ¿Cómo decirlo?…..por tu entrega desinteresada

– ¡Pero don Alfonso! ¿Así que es verdad que grabó usted la…….entrevista…….en vídeo…..sin decirme nada??sin pedirme permiso? ¡¡¡Por favor….!!!

– Sí, claro, Begoñita, yo grabo siempre todo lo que pasa en este despacho, es por nuestra seguridad ¿sabes? Para evitar después denuncias por acoso o malos entendidos por el estilo, y ese material está a disposición de todo el personal de seguridad autorizado de la agencia. No quiero ocultarte que nuestra charla amistosa la han visto??muchas personas, pero son de total confianza

– ¿Pero…..se refiere usted a???nuestra entrevista de la otra tarde…. a esa entrevista, donde usted y yo?..? Pero por favor, como puede ir enseñando tal cosa ¡Que vergüenza! Me dijo usted que era un hombre discreto

– Y lo soy, Begoñita, lo soy, tranquilízate mujer, somos detectives privados y aquí estamos todos acostumbrados a ver cosas mucho peores que dos personas fornicando. Tú trabajas para una agencia de investigación, no para una ONG, no se te olvide

Los tres hombres rieron de buena gana la ocurrencia del canijo viendo lo azorada y ruborizada que se encontraba mi mujer, porque además ella no era consciente de que al oír que don Alfonso había hecho público aquel vídeo tan comprometido para su reputación, había descruzado las piernas e involuntariamente estaba enseñándoles sus bonitas bragas blancas de nylon a aquellos dos respetables caballeros que la contemplaban divertidos.

– Pero bueno, no te preocupes por algo que no tiene ninguna importancia, mujer, ahora lo verdaderamente importante es que el señor Frenken, tiene que proponerte un asunto muy ventajoso para ti y por el cual te compensaremos espléndidamente. Fíjate que, después de ver tu video, ha venido expresamente desde Alemania para conocerte, a sabiendas de que si deseas tanto este trabajo en nuestra agencia, no dirás que no a nuestra proposición…de ninguna manera. No nos decepciones

– Efectivamente seniorita Begonia, queremos que usted sea la protagonista de un video curso de police scientific para nuestros agentes in Espania y al ver ese video de???de la entrevista estar demostrado que usted es mujer liberal, sin prejuicios ¿Ya? Un curso sobre violentia….errr, no….violatión y abusos de mujeres ¿Ya?

– ¿La protagonista de un curso? Bien, me parece bien, pero ¿En qué consiste el curso? ¿Qué tengo que hacer yo?

– Déjame a mi Hans, que yo se lo explico mejor

– Bitte

– Verás Begoña, se trata de un simulacro de violación, incluyendo todos los tipos de abusos que se puedan producir en una agresión sexual a una mujer, papel que representarás tú, para que luego nuestros personal seleccionado practiquen la toma de muestras probatorias sobre el cuerpo de la víctima, sobre ti, y aprendan los procedimientos adecuados para interponer una denuncia con todas las garantías o, en su caso, defender cualquier caso que se nos presente

– Mmmm, no entiendo bien don Alfonso, y yo ¿Que tendría que hacer?

– Prácticamente nada, muchacha. Bueno, sí, ofrecer un amago de resistencia ante los supuestos asaltantes para que la prueba sea un poco más real

– Ah, sólo es eso?..bueno, bien, me parece bien, no termino de entender mi papel, pero haré lo que esté en mi mano, se lo prometo. Deje que lo consulte con mi marido y les doy una respuesta

– Perfecto, Begoñita, ya las dije a mis jefes que no nos fallarías, pero no tenemos mucho tiempo. Lo hemos programado todo para las once y tú eres la protagonista principal y casi nuestra única opción, así que ve y habla con Ramiro para decirle lo que vamos a hacer, que él ya sabe de qué va la cosa, porque participó en uno de estos??cursillos

¡Pufffff, yo ya me imaginaba perfectamente que la que se le venía encima a Begoña era bastante gorda! Ya en una ocasión le habían gastado la misma encerrona a una pobre chica de Salamanca y fuimos varios los que disfrutamos de aquella guarrada, pero que lo quisieran repetir con mi mujer, siendo yo un compañero, me pareció bastante humillante y bajuno, la verdad sea dicha.

Apenas tuve tiempo de alejarme de la puerta para no ser descubierto y dirigirme a mi despacho del archivo, cuando vi que ella venía ya por el pasillo alisándose las arrugas de la faldita y retocándose algunos pelitos rebeldes del moño y me llamaba de manera apremiante

– ¡¡¡Ramiro?.Ramiro!!! Espera un momento, espera cariño

Durante dos o tres minutos escuché con cara de póker como me contaba todo lo que le habían dicho en el despacho del jefe, fingiendo desconocimiento a pesar de que ya sabía de qué iba la cosa y haciendo como que me pillaba por sorpresa

– Ni de coña, mujer, ahora mismo vas y les dices que yo me niego a que tu participes en ese embolado

– ¿Embolado? ¿Pero tú estás loco? Son los jefazos de la agencia y me han dejado bien claro que no admiten una negativa por mi parte, a ver ¿A santo de qué no quieres que acepte su proposición?

– ¡¡¡¿Pero tú eres tonta o qué? de verdad te lo digo!!! Esa prueba consiste en que varios hombres van a practicar una violación múltiple contigo, como un ataque real. ¿No te das cuenta de que te la van a meter por todos los sitios posibles, que te van a follar como locos y que se van a aprovechar de ti todo lo que puedan? Te harán de todo, desnudarte, obligarte a hacerles filigranas con la boca, manosearte todo el cuerpo, follarte como quieran?..vas a acabar hecha unos zorros

– ¡¡¡Madre mía!!! No me lo creo, de verdad Ramiro ¿Tu estás seguro de lo que dices?

– Si, Begoña, segurísimo y después tendrás que aguantar que los ?alumnos? te revisen de arriba a abajo, enterita, para obtener muestras para pruebas genéticas y evidencias, te harán fotos?.en fin, un pastel. Ya se lo hicieron a una pobre chica que al final pidió el finiquito y no volvimos a verla por aquí. Más que una novatada fue una encerrona para aprovecharse de aquel bombón. Pobre chica?

– Lo siento, Ramiro, pero no me lo creo, eso es muy fuerte para ser verdad

Mi mujer se quedó pensativa unos momentos. Estaba blanquita y con cara de susto, pero cuando vi que fruncía las cejas y apretaba los labios con determinación, di por hecho que no se iba a negar a aquella felonía. Ella quería el trabajo por encima de todo, a cualquier precio, y estaba dispuesta a pasar un mal rato con tal de congraciarse con los jefes.

Yo estaba seguro de que al final, Begoña, no se prestaría a hacer aquello, pero en lo más profundo de mi cerebro estaban surgiendo serias dudas sobre mi mujer ¿No sería que mi esposa deseaba en el fondo pasar voluntariamente por el aro? ¿No sería que empezaban a gustarle aquellos jueguecitos peligrosos de sexo? El imbécil de Olmedilla, que estaba todo el día haciéndome la pelota desde que me nombraron jefe del archivo y que nunca se enteraba de nada, me sacó de mis dudas y cavilaciones.

– Oye, Ramiro ¿A ti no te han invitado a la reunión de las once en la sala de briefing? Van a repetir lo de aquella chavala de Salamanca ¿te acuerdas de aquel bomboncito? Pues esta vez es una tía maciza, una tía buena, pero buena de verdad, tiene unas cachas y un culito que?..mmmmm??con decirte que hasta ha venido el jefazo ese de Alemania para catarla, sólo iremos los del grupito de confianza de don Alfonso. Bueno chao, nos vemos allí?.si te invitan, claro, je je je je

El muy gilipollas no pensaba ni por asomo que aquella ?tía tan buena? pudiera ser mi mujer. Seguro que el muy bocazas se lo iría contando a todo el personal de la agencia y que todo el mundo estaría enterado ya de la fiestecita que se preparaba, pero pese a todo a las once en punto yo me presenté (sin invitación alguna, por supuesto, que todo hay que decirlo) a las puertas de la sala de briefing.

Como bien pensaba el pelotillero de Olmedilla, los quince o veinte de mis colegas que se encontraban sentados en las butacas de la sala, eran los más rastreros y chivatos de la agencia. Los que siempre estaban a las órdenes de don Alfonso para ?lo que hiciera falta? y éste se encontraba subido en el estrado, presentando a mi mujer al auditorio, entre los que se encontraban en primera fila ¿cómo no? el señor Frenken y el señor Espadas

– Caballeros, les presento a la señorita Begoña, que muy amablemente se ha presentado voluntaria para este ejercicio de perfeccionamiento de técnica forense.

Se oyeron muchos silbidos de admiración y varios comentarios subidos de tono, mientras mi mujercita se ponía roja como una amapola y miraba a aquellos energúmenos con una mirada suplicante y asustada sin saber muy bien a qué atenerse, pero lo peor fue la cara que puso cuando me vio sentado en la última fila, porque seguramente no esperaba que yo estuviera presente y no pareció que le agradase mucho mi presencia

– Señores por favor, guarden la compostura. Begoña es una señora y se merece todo nuestro respeto, además está casada con unos de nuestros compañeros, el jefe del archivo, aquí presente

Todos se volvieron a mirarme y se pusieron muy formalitos de repente (algunos con cara de bastante acojono) porque saben lo celoso que soy y cómo me las gasto a veces, pero cuando saludé con un ?hola?, jovial y desenfadado, se relajaron y parecieron más tranquilos.

Begoña se puso entonces a hablar con don Alfonso mientras señalaba hacia donde yo estaba sentado, diciéndole que habían quedado en que yo no presenciaría aquello y que me fuera, pero el jefe le contestó que mi presencia era una garantía de la legalidad y que como yo no había puesto ningún impedimento a que la utilizaran a ella en el simulacro (esa fue la palabra que eligió para definir aquella cabronada) ni esa condición figuraba en el contrato que le habían hecho firmar, pues que era mejor así y siguió tranquilamente con su presentación.

– Como todo esto está siendo grabado (señalo entonces a Olmedilla con su cámara profesional al hombro) quiero advertiros que en el contrato que ha firmado la señorita, ella se presta, voluntaria y expresamente, a que le practiquemos una serie de actos bastante comprometidos y embarazosos para una dama, por lo que también, según contrato, será ella la que elija, entre los aquí presentes, a las cuatro personas que realicen el ejercicio.

Begoña seguía ruborizada hasta las orejas, y se retorcía las manos con nerviosismo. Daba un poco de pena verla tan desvalida sobre aquel estrado, con veinte pares de ojos inclementes clavados en ella y recorriendo su cuerpo con miradas lascivas, cuando de pronto reunió fuerzas de flaqueza y con una vocecita apagada fue nombrando a los elegidos para la gloria.

Los primeros en salir nominados fueron Hans Frenken y el señor Espadas, por ese orden, luego, tras unos segundos de vacilación, les siguió don Alfonso, pero en elegir al cuarto hombre, Begoña se tomó más tiempo. Seguramente pensó que los más viejos le iban a dar menos problemas y menos trabajo, aparte de que eran los que tenían más poder e influencia en la agencia, pero cuando todos daban por hecho que me iba a nombrar a mí, su marido, para completar el cuarteto, su dedo indeciso se dirigió hacia Fierro, un expolicía argentino, duro y malencarado, que tenía muy mala fama por ser violento y desconsiderado

– Fierro, por favor ¿Le importa que lo elija a usted? Es que no conozco a casi nadie de los que están aquí

– ¿Importarme? En absoluto, señora, se me hace la boca agua nada más que de pensarlo, pero usted a lo mejor se arrepiente luego ¿No prefiere mejor que sea Ramiro el que lo haga?

– No, no, lo prefiero a usted, creo que así me sentiré más desinhibida que con mi marido

– Muy bien señora, pero que conste que la decisión es suya. Será todo un placer disfrutarla, se lo aseguro.

Miré a aquel tipo pétreo y correoso casi con agradecimiento. Sus patillas agitanadas y la cicatriz en el mentón, medio oculta por la barba de tres días, le daban un aspecto patibulario, pero por lo menos había sido lo suficientemente noble como para cederme su puesto de privilegio, aunque todavía me quemaba ver cómo el resto de los golfos de la sala me miraban con sarcasmo, como diciendo ?Joder, tu mujer prefiere a este macarra antes que a ti. Menudo paquete?

– Bueno, señores, vamos a empezar…..y tú, Begoñita, ponte aquí y procura seguirnos el juego, como si fuera una película…..Ah y no te asustes, piensa que esto es un ejercicio solamente

No le dio tiempo ni a responder, pues fue el propio Fierro el que rompió el fuego, tirándole del moño y deshaciéndoselo, dejando la melena rizada de mi mujer cayendo suelta por la espalda, a la vez que le daba un fuerte empujón para derribarla sobre la colchoneta que habían puesto en el estrado y gritaba:

– ¡Te vamos a follar ese coñito lindo que tenés, guarra!

La veintena de espectadores se quedaron como hipnotizados mirando aquel espectáculo. Mi mujer despatarrada en el suelo, con las piernas abiertas y aquel par de muslazos al aire, enseñando las bragas y llorando en silencio porque debía de haberse hecho daño al caer y estaba bastante asustada.

– ¡Desnudate ahora mismo si no querés que te desnude yo, boluda!

– Venga Begoñita, cálmate y sigue el juego, verás que al final hasta puedes divertirte. Tranquila

Se levantó como pudo y empezó a desabrocharse la blusa mientras lloraba en silencio, ante la expectación y el silencio de aquella pandilla de mirones entre los que yo era uno más. Me pareció tan bonita y tan deseable en aquellos momentos, que casi me alegré pensando que a partir de ahora todos aquellos mamones me envidiarían.

Se quitó la camisa y la dejó a un lado, llevándose luego las manos a la espalda para desabrochar el sujetador. Aquella posición, con los brazos hacia atrás y el pecho adelantado, provocaba que sus tetas empinadas y tiesas destacaran todavía más, haciendo que los veinte pares de ojos, se dirigieran con avidez hacia aquellas semiesferas perfectas.

Luego, al deslizar los tirantes hacia abajo, dejando las tetas libres y expuestas de golpe ante aquellos cerdos, estas rebotaron con un temblor que provocó exclamaciones de sorpresa y admiración en aquel público entregado y entusiasta.

Yo pude oír, muchos ?Ohhhh?, algún que otro ?¡Coñoooo!? y hasta un ?¡Que polvo tiene la criatura? y debo confesar que me sentí orgulloso de que aquellos pezones tiesos y duros, rodeados por unos rosetones marrón oscuro, que destacaban sobre la piel blanca de la marca del bikini en sus pechos, fueran de mi propiedad exclusiva, aunque muy pronto iban a ser vejados por alguno de aquellos sátiros.

Begoña siguió desnudándose rápidamente para no exasperar a Fierro, que la miraba de arriba abajo con impaciencia y esgrimiendo una navaja auténtica para crear ambiente, y se llevó las manos a la cadera donde tenía la cremallera de la falda para intentar quitársela. Tuvo que dar varios tironcitos porque esta no cedía, provocando que sus tetas volvieran a rebotar a cada intentona para admiración y solaz del auditorio

– ¿Te ayudo yo, nena?

El cabrón de Olmedilla se quiso hacer el gracioso pero bastó una mirada del jefe para que se callara y volviera a pegar la cara a la cámara, justo en el momento en que don Alfonso pasaba a la acción arrimándose a mi mujer por la espalda y rodeándola con sus delgados brazos por la cintura

– Tranquila muchacha, déjame que lo haga yo, no te pongas nerviosa

Begoña, con los zapatos de tacón alto que llevaba, casi tapaba a aquel enano baboso, que se veía ridículamente bajito detrás de ella, pero el tío cabrón con una habilidad digna de admiración, bajó la cremallera al primer intento y deslizando sus manos sobre las caderas de mi mujer, fue bajando la faldita por sus muslos hasta que ésta cayó por sus propio peso hasta los pies.

De nuevo los silbidos y las exclamaciones resonaron con fuerza en la sala, por lo que el jefe, animado por aquella explosión de entusiasmo, y sin retirarse de la espalda de mi mujer subió sus manos hasta las tetas de ella, sobándoselas a placer y pellizcándole los pezones con fuerza

– Ayyyyyy, por favor don Alfonso, no me haga eso

El hijoputa no le hizo caso y siguió amasando y pellizcando aquellas adorables peras, poniéndole los pezones aún más tiesos y empitonados de lo que estaban nuestras pollas (yo tengo que incluirme porque la verdad es que estaba rabiosamente empalmado viendo aquello) mientras que Frenken el alemán y Espadas, se habían sacado sus respectivos nabos y se lo masajeaban con energía para que se les endureciera lo más pronto posible

La estampa de mi mujer era la de una real hembra, una mujer de bandera. Con la melena rizada cayéndole suelta por la espalda, aquellas tetas maravillosas sobadas por el asqueroso del jefe y sus piernas largas y gordas abiertas de par en par, ofrecía un espectáculo digno del mejor cabaret, con el morbo añadido de sus lágrimas corriendo por su dulce carita y vestida únicamente con aquellas bragas blancas, que apenas le tapaban el felpudo, y con los zapatos de tacón de aguja que realzaban sus pantorrillas y tensaban sus muslos.

Espadas (Paco de ahora en adelante) se entusiasmó con aquella visión perturbadora y provocativa de mi mujer y no pudo aguantarse más, arrodillándose delante de Begoña, sin dejar de sacudirse el ?mandao?, intentando bajarle las bragas, pero ante las protestas del personal, porque no les dejaba ver bien, tuvo la delicadeza de apartarse para realizar la operación desde atrás.

– Quítate de ahí Alfonso, joder, que parece que la niña es de tu propiedad

Apartó al jefe de la agencia, abusando de su condición superior, y se colocó él en su puesto, agarrando a mi mujer por las caderas y besándola en el cuello apasionadamente, mientras llevaba sus manos hasta la liguilla que unía los dos minúsculos triángulitos de las bragas y comenzaba a bajarlas de una manera desesperantemente lenta.

– Bueno, señora, ahora llega el momento de la verdad, pórtese bien y todo será más fácil para usted

Quedó completamente desnuda en el centro del estrado, expuesta a nuestra vista y a merced de aquellos cuatro hombres con las pollas al aire, y una primera punzada de celos (¿o tal vez era placer lo que yo sentí en ese momento?) se me clavó en el corazón como un dardo envenenado, porque Paco, antes de retirarse de su espalda le dio un beso en la nuca, apartando su melena espesa, y ella no pudo evitar una contracción de placer al sentir aquellos labios en su piel.

El primero en penetrarla fue el alemán, que haciendo valer su mayor porcentaje de acciones de la empresa, no tuvo dificultad alguna para que los otros tres le cedieran el privilegio de catar primero a Begoña. La agarró por detrás y metió una de sus manazas entre los muslos de mi mujer, separándolos aún más y haciendo que levantara una pierna, para poder metérsela cómodamente desde atrás.

Las luces halógenas de la sala dejaron al descubierto su parte más íntima y deseada, con el coño completamente abierto en aquella postura forzada y sus labios vaginales sospechosamente brillantes, porque aquel brillo delataba la humedad que fluía por ellos y dejaba claro a todos los risueños espectadores que Begoña estaba excitada, mojada, salida como una guarra y deseando que empezaran a follársela.

Frenken no la hizo esperar mucho y colocando suavemente el glande de su larga y delgada polla en la puerta de la vagina la penetró muy lentamente, mientras una sonrisa de placer y satisfacción se dibujaba en su cuadrada cara germánica, empujando hasta metérsela por completo, llegando hasta los mismos huevos

– ¡¡¡¡Meine Liebe, dass Pussy!!!! Hündin, hündin, hündin….

Y comenzó a bombear mientras le acariciaba delicadamente las tetas con los ojos en blanco.

Mi mujer, enrojecida y ruborizada hasta las orejas, miraba hacia el público, evitando cruzarse con mi mirada, mordiéndose los labios al comprobar como aquellos salidos observaban curiosos el mete saca de aquella tranca teutona en su dilatado conejito, que seguía abierto totalmente al mantenerse con una pierna levantada, pero el alemán se cansó muy pronto de sostenerla así y cambió por una postura más cómoda para él, aprovechando entonces Paco el segundo en jerarquía, para meter baza.

– Querida, inclínate hacia delante, por favor

– No has oído al jefe, putita, vamos, pon las manos en las rodillas y abre esa boquita de guarra que tienes

Fierro se tomaba muy a pecho su papel y hostigaba a mi mujer cada vez que podía, obligándola por la fuerza a ponerse en pompa, para que mientras el alemán se la seguía follando por detrás el otro jefazo le metiera la verga hasta la garganta y se la trabajara por delante

Begoña, entonces, dejó de mirar hacía el auditorio y cerró los ojos, concentrándose en la faena, por lo que yo, que conozco sus debilidades en la cama, supe a ciencia cierta que había empezado a disfrutar de todo aquello.

– Ich wichse….ich wichseeeee, hündinggggg

Frenken, agarrado a las caderas de mi mujer, daba pequeñas sacudidas y gruñía en alemán, se regodeaba con un movimiento rotatorio de la pelvis apretando la polla hasta el fondo sin sacarla para nada, por lo que todos adivinaron que aquel berraco se estaba corriendo hasta quedarse seco, porque parecía sufrir eyaculación precoz, quedando fuera de combate en el primer asalto, así que cuando sus piernas se doblaron y aflojó la presa sobre mi mujer, dos pelotas palanganeros lo cogieron rápidamente por los brazos y lo ayudaron a sentarse en la primera fila.

¡Que fascinante imagen se produjo en ese momento! seguro que a aquellos cabrones no se les olvidará mientras vivan, porque al retirarse Frenken de ella, la visión del culo en pompa de Begoña quedó libre y expedita hasta para los que estábamos sentados en la última fila.

Era indescriptible aquel chochito medio abierto, chorreando leche. Aquella raja rosada y húmeda, rodeada de una mata de pelo negro y rizado y el esfinter del culito apretado y oscuro entre las dos nalgas poderosas y prietas, con la piel morena junto a los muslos y blanca como la leche en la marca del bikini.

Don Alfonso no perdió el tiempo, y viendo aquel cálido y suave agujero, que él ya había visitado antes, al alcance de su polla, con gran placer por su parte se abalanzó sobre Begoña para penetrarla de un golpe seco y preciso, hundiendo aquel estoque en las carnes de mi mujer hasta la misma empuñadura y profiriendo una exclamación sorda entre dientes.

– Hiiiiiimmmm

– ¡¡¡Ayyyyyyy??.brutooo!!! No hace falta ser tan brusco, por favor, don Alfonso

Ella ya había sentido, una semana antes, aquel nabo gordo y peleón dentro de su coño, por lo que aparte del golpetazo inicial, no se sorprendió de sus feroces acometidas.

Don Alfonso agarraba con ganas las caderas de mi mujer mientras le propinaba unos pollazos que daban miedo. A cada acometida de su verga, Begoña se desplazaba hacia delante sin poder evitar dar un gritito y a cada penetración hasta el fondo de mi jefe, le sucedía un gritito ahogado de mi mujer hasta llegar a un ritmo frenético y casi musical ¡Plash! ¡Plash! ¡Plash! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Yo ya estaba viendo cerca del orgasmo a Begoña, porque cuando ella cierra los ojos y empieza con esos grititos, sé por experiencia que no tarda en entrar en éxtasis, y parecía que el canijo cabrón, con aquella recia tranca que se gastaba le había tomado bien la medida a su boquete, pero el que de verdad ya no podía aguantar más era Paco, porque con la polla metida en la boquita de ella, a cada empujón que recibía mi mujer por atrás le correspondía ella con un apretón de labios y una chupada profunda por delante.

Efectivamente, el señor Espadas, Paco para los amigos, se contrajo entero, poniendo cara de chimpancé chupando un limón y se derramó al completo en aquella boca acogedora y caliente, agarrando a mi mujer por la cabeza para evitar que se retirara, obligándola a tragarse todo aquel caudal de esperma salado.

– Aggggg, puta, sigue chupando un poco más, no te pares ahora, que bien lo haces cerda

Paco, después de correrse, estuvo un buen rato refocilándose con Begoña, sacando la polla y volviéndosela a meter en la boca repetidamente, rozándosela con los labios, obligándola a que le besara el capullo y le lamiera los huevos hasta que buenamente se hartó y se le puso fláccida, por lo que no pudo seguir con sus jueguecitos y se retiró.

Entonces fue cuando ella se dejó ir y no intentó retenerse por más tiempo, empezando a corresponder en serio a las embestidas de aquella polla de toro que le taladraba el coño y parecía llegarle hasta los propios ovarios. Los movimientos de su culo parecían estar, literalmente, ordeñando a don Alfonso, contrayendo los músculos pélvicos, apretando las caderas hacia los huevos del hijoputa, respondiendo a cada empujón de él, con un retroceso de su trasero.

¡Plash! ¡Plash! ¡Plash! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Los dos se corrieron a la vez, entre espasmos de gusto agitando sus caderas, con un coro de veinte sátiros mirones que se arrancaron a aplaudir como si estuvieran en un espectáculo porno de segunda categoría, y Begoña, perdidas ya todas las inhibiciones, volvía la cabeza hacia atrás, para que el jefe, a su espalda le besara en la boca metiéndole la lengua hasta adentro, mientras le seguía bombeando en el coño, aunque ahora ya más suavemente. El que tenía sentado a mi lado, Freire, me dio con el codo mientras me decía en voz baja

– Chico, que mujer más caliente tienes, te felicito. Si alguna vez queréis hacer intercambios, cuenta conmigo y con mi mujer

Yo no le respondí nada, pero tomé mentalmente nota de aquello, porque la esposa de aquel tipo era una mujer que siempre había deseado aunque me parecía presuntuosa y altanera.

Begoña se quedó tendida bocarriba en la colchoneta, con las piernas abiertas y el coño rebosando leche de las dos corridas, perdido todo el pudor, no se preocupaba ni de tapar sus partes íntimas, expuestas de lleno a las miradas lascivas, mientras que don Alfonso se metía su enorme nabo dentro de los pantalones y daba unas palmaditas de agradecimiento en uno de los muslos de mi mujer, despidiéndose de aquel precioso cuerpo hasta mejor ocasión.

– Te has portado muy bien, muchacha, muy bien

– Che, no tan rápido, puta, que todavía te falta uno. Un contrato es un contrato, levantate ahora mismo si no querés que te levante yo a hostias, venga

Fierro, no estaba dispuesto a perderse aquella ocasión de oro de tirarse a una belleza de mujer como aquella, así que obligó a levantarse a Begoña de la colchoneta y la colocó de pie, delante de la primera fila de butacas frente a donde él estaba sentado

– Tenés la concha toda pringosa, guarra, limpiate con este pañuelo, antes de que te folle, vamos

Mientras ella se limpiaba como podía, él se masajeaba el nabo con calma, dedicándose a mirarla detenidamente, como si no quisiera perderse ni un detalle de su cuerpo, y yo escuchaba los comentarios soeces de mis compañeros cada vez que mi mujer se pasaba el pañuelo por la entrada de la vagina y eso provocaba que los labios se le abrieran mostrando el color rosado y brillante de su interior, estábamos tan cerca que Freire no pudo resistirse a alargar una mano y pasarla por aquel suave felpudo de pelo negro y rizado

– Que mullido lo tiene, da gusto sólo con rozarlo

– Quietoooo, chancho, que la señora no te ha elegido a vos, tené cuidado o te corto la mano y vos putita, poné los brazos detrás de la cabeza y abrí las piernas

Fierro le había atizado muy fuerte en el brazo pero el otro no se atrevió a responderle, sino que se limitó a mirarlo furioso, por lo que el gaucho siguió contemplando a su presa como si nada y masajeándose la polla con evidente satisfacción.

Yo ya no podía aguantar mas. Estaba a punto de correrme en los pantalones, al igual que mucho de los entusiastas espectadores, que se tocaban disimuladamente sus herramientas, con las manos metidas en los bolsillos o diréctamente sobre el pantalón, porque Begoña estaba hermosa y provocativa al máximo.

Disfrutaba viéndola allí, completamente desnuda y con la melena suelta, con los zapatos de tacón alto como única vestimenta y las manos en la nuca, ofreciendo su cuerpo a Fierro para que hiciera con ella lo que quisiera y las piernas abiertas para enseñarle bien el interior de los muslos y la entrada del paraíso.

Date, la vuelta, puta, que quiero verte el culito

Begoña, obediente y sumisa, se giró completamente para que el argentino le pudiera observar a placer el trasero y todos nos quedamos maravillados y en silencio mirando aquellas nalgas prietas y rumbosas, aquella espalda perfecta y aquellos muslos gordos y lustrosos. Todos menos Fierro, claro, que alargó una mano para introducirla en la entrepierna peluda y se puso a acariciarle indistintamente el ojete del culo, el coño húmedo y palpitante y los cachetes duros como piedras.

– Ahora agachate, zorra, abrí el culo con las manos y aguantá

Sin pensárselo dos veces, se levantó de la butaca y puso la cabeza del nabo en el esfinter del culo de mi mujer, colocada en pompa, y empezó a apretar sin conseguir penetrarla

– No te resistas que es peor, relajate puta, que quiero acabar con esto

Ella, lo intentaba, pero el miedo al dolor la tenía atenazada, así que su verdugo comenzó a darle palmetazos en los cachetes al ritmo de sus órdenes, mientras daba embestidas con el nabo

He dicho ¡Zas! Que no ¡Zas! Te resistaaaaas ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

Begoña se puso a llorar y se llevó las manos a la cara, momento que aprovechó el porculero para hincársela hasta el sentío, arrancándole un grito de dolor y penetrándola al fin por la retaguardia.

Estuvo mucho tiempo follándosela por el culo, con sus manos aferradas como garfios en las caderas, y soltándola sólo de vez en cuando para asestarle un palmetazo si ella se quejaba demasiado. Ella me confesó luego, en casa, que aquella polla entrando y saliendo en su escocido orificio, le quemaba como el fuego, pero que poco a poco el placer se fue extendiendo desde el esfinter del ano a todo el resto del cuerpo, hasta hacer que se olvidara de lo que pasó después.

Yo no le he contado, ni creo que lo haga nunca a menos que lea esto, que perdió el conocimiento del gusto que sintió, y que una vez desvanecida, cuando su galán argentino descargó dentro de ella un torrente de semen sudamericano, dejó libre el puesto que ocupaba, provocando la locura total, porque ni uno de mis compañeros tuvo piedad de ella.

Uno por uno se la follaron todos, por delante y por detrás, le hicieron fotos, la tocaron y la vejaron con la excusa de terminar el ejercicio, mientras que yo me limité a mirar…..a mirar…..a mirar…..como si aquel espectáculo fuera lo mas hermoso que hubiera visto en mi vida. Y lo fue.

































Tags: imagenes

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *